Tus creencias son herramientas, no verdades absolutas.
En 2006, la esquiadora estadounidense Michelle Roark descendía velozmente la pendiente en sus primeros Juegos Olímpicos, conquistando un terreno montañoso que ni siquiera un vehículo 4×4 podría manejar fácilmente. A sus 31 años, ya era considerablemente mayor que la edad promedio de sus competidoras olímpicas (24 años en ese entonces). Había luchado contra enormes obstáculos durante más de la mitad de su vida para llegar ahí.
Cuando tenía 15 años, Roark fue expulsada de la casa de su madre y pasó los siguientes tres años viviendo en una carpa en Winter Park, Colorado, trabajando en tres empleos para mantenerse. A los 16 años, clasificó para los Juegos Olímpicos, pero sufrió una lesión de rodilla que la dejó fuera de la competencia de 1994. Posteriormente sufrió otras dos lesiones graves en la rodilla justo antes de los Juegos Olímpicos de 1998 y 2002, impidiéndole nuevamente competir. Incluso, uno de sus entrenadores le aseguró en algún momento que nunca llegaría a los Juegos Olímpicos.
Pero Roark sabía claramente lo que quería, creía profundamente que podía lograrlo y se negó a darse por vencida. Durante su rehabilitación tras la segunda cirugía, aprovechó el tiempo para estudiar ingeniería química, carrera que utilizó posteriormente para lanzar una empresa que dirige hasta hoy. Finalmente, participó en los Juegos Olímpicos de 2010 a la edad de 35 años.
La creencia es una de las fuerzas más poderosas en nuestra vida. La firme creencia de Roark en que podía convertirse en atleta olímpica fue fundamental para materializar ese objetivo. En su mente, su futuro olímpico era inevitable.
Sin embargo, las creencias no son verdades absolutas. Son herramientas que existen en un espectro entre el hecho y la fe. Los hechos son realidades objetivas que permanecen verdaderas independientemente de si creemos en ellas o no. La fe, en cambio, es una convicción absoluta sin evidencias, un salto más allá de lo que pueden verificar los sentidos o la ciencia.
Al entender las creencias como algo que se ubica entre los hechos y la fe, podemos utilizarlas estratégicamente, al igual que Roark. Podemos elegirlas y ajustarlas para beneficiarnos, e incluso alcanzar cosas que otros pensaron imposibles.
La función de las creencias
Nuestras creencias forman un modelo personal de la realidad que sostenemos como verdadero hasta que nuevas evidencias o perspectivas mejores aparecen y lo modifican. Las creencias nos ayudan a navegar y comprender el mundo, moldeando nuestra realidad.
En un mundo saturado de información infinita e incertidumbre constante, nuestros cerebros necesitan simplificar y crear orden. Aquí es donde entran en juego las creencias. Los psicólogos describen las creencias como marcos cognitivos o modelos mentales que utilizamos para interpretar la realidad y tomar decisiones.
Las creencias tienen tres funciones clave:
- Simplifican la complejidad. El mundo es demasiado vasto y caótico como para analizarlo desde cero en cada momento. Las creencias actúan como atajos mentales (heurísticas) y estructuras (esquemas) que nos ayudan a interpretar rápidamente un entorno complejo.
- Crean significado. Los seres humanos somos narradores naturales. Estudios sobre coherencia narrativa muestran que poder integrar nuestras experiencias en una historia coherente se relaciona directamente con una mejor salud emocional. Las narrativas basadas en creencias ofrecen una estructura que los hechos por sí solos no pueden proporcionar.
- Guían la acción. Son el puente mental entre percepción y comportamiento. Cuando enfrentamos decisiones o incertidumbre, recurrimos a nuestras creencias para decidir qué hacer.
Las creencias son una herramienta mental de supervivencia. Pero no todas son iguales: algunas nos impulsan, otras nos limitan. ¿Cómo diferenciarlas?
Una perspectiva estratégica sobre el poder de la creencia
Si las creencias son herramientas, entonces debemos preguntarnos: ¿Estoy usando las herramientas correctas? Aquello en lo que creemos puede impulsarnos o frenarnos.
Por ejemplo, tener una mentalidad de crecimiento (la creencia de que las habilidades pueden desarrollarse) o una mentalidad fija (la creencia de que las habilidades son innatas y no pueden cambiarse mediante esfuerzo) influye en gran medida en nuestra vida.
Carol Dweck, psicóloga de Stanford, demostró cómo las creencias sobre la inteligencia determinan la resiliencia académica y, en consecuencia, el éxito estudiantil. Los alumnos con mentalidad de crecimiento enfrentaban los obstáculos académicos preguntándose «¿Cómo puedo mejorar?», redoblando sus esfuerzos. Los de mentalidad fija, por otro lado, se cuestionaban «¿Soy suficientemente inteligente?», y solían rendirse cuando el desafío aumentaba. Mientras unos veían el fracaso como retroalimentación valiosa, otros lo percibían como confirmación de sus limitaciones. Un grupo usaba los fracasos como escalones hacia el éxito, mientras el otro los tomaba como señales de alto.
Parientes destructivos de la mentalidad fija son el fatalismo (la creencia de que los resultados están predeterminados) y la indefensión aprendida, donde las personas creen que sus acciones no tienen impacto. Quienes piensan así suelen decir: «¿Para qué intentarlo? Tengo mala suerte». Esta creencia no solo reduce la motivación, sino que también se convierte en una profecía autocumplida, garantizando el fracaso que predice.
Para aprovechar las creencias efectivamente, debemos practicar la selección pragmática de creencias: elegir intencionalmente aquellas que apoyan nuestras metas, bienestar y crecimiento personal, aunque no existan pruebas definitivas. Es mejor preguntarse «¿Me ayuda esta creencia?» en lugar de «¿Es verdadera?». Piensa en etiquetas autoimpuestas desde la infancia como «no soy buen corredor» o «no soy inteligente para estudiar» y explora las posibilidades que surgirían al liberarte de ellas.
Esto no es engañarte, sino adoptar un optimismo productivo. Las creencias efectivas tienen suficiente base para ser plausibles, pero también suficiente esperanza para motivarte más allá de tu realidad actual. La historia está llena de logros precedidos por una creencia audaz, como la de Michelle Roark. Primero llega la creencia y luego el resultado.
Tenemos el poder de elegir nuestras creencias y podemos actualizarlas cuando dejan de ser útiles. Comienza preguntándote: ¿Qué historia me estoy contando sobre mis limitaciones? ¿Qué creencias me impulsan a actuar y cuáles me mantienen estancado? ¿Qué intentaría si realmente creyera que es posible?
Tus creencias son tu kit de herramientas mentales. Asegúrate de tener las herramientas correctas para construir la vida que deseas.
